Hace un tiempo un compañero y amigo bibliotecario me dejó una sentencia que vendría a ser: "Dejaremos de ser una profesión de segunda categoría a partir del momento en que deje de ser considerada una profesión de mujeres". Un "zasca" en toda regla a nuestra línea de flotación, y que comparto plenamente. Al hilo de esta afirmación, quisiera hacer y compartir unas rápidas reflexiones.

Por desgracia existe y está todavía muy enquistada la asunción de que el mundo de las bibliotecas es un mundo de mujeres, y que por tanto se trata de una profesión tradicionalmente de mujeres y especialmente pensada para ellas. De hecho, "los orígenes de los estereotipos bibliotecarios los tenemos que encontrar en la historia de la profesión y en las condiciones sociales de sus inicios. Como con los maestros y los enfermeros, la profesión de bibliotecaria es considerada como femenina (...) Si la profesión está dominada por mujeres, la condición femenina pasa a ser una característica" (L'estereotip de la bibliotecària..., 2015). Y esta tradición, nos guste o no, aun pervive en nuestro subconsciente colectivo. Esto, unido a que todavía perviven en nuestra estructura mental aspectos de puro patriarcado que relegan a la mujer a un plano secundario o alterno, llevan a que nuestra profesión sea considerada en lineas generales como secundaria y menor. El resultado es un techo de cristal social y colectivo que hace que nuestra profesión continúe siendo una segundona. Este hecho, en sí mismo, no es ni bueno malo; es tan sólo una realidad, una verdad. Incómoda, seguramente si, Y en tanto que incómoda creo que nos convendría afrontarla de cara, asumirla sin complejos ni tapujos y ponerla delante del espejo. Más aún cuando se trata de un tema que ya viene de lejos, y que creo que todavía no se ha solucionado del todo. Así "con la revolución industrial se produce el éxodo de la mano de obra masculina; entonces las bibliotecas recurrieron a las mujeres. Las mujeres eran las que atendían las tareas no remuneradas o con los salarios más bajos: las tareas domésticas, las vinculadas a la función biológica de procrear y cuidar a los hijos. Estas tareas dejaban un espacio (en las clases medias o altas) para "hacer algo por la comunidad". Este proceso no sólo instaló a la mujer en el estereotipo del bibliotecario sino que además le agregó o quizás reafirmó otra faceta que aún estaba desdibujada: la gratuidad del trabajo que le imprimió el carácter benéfico de la tarea. Dos facetas contradictorias en apariencia: la exigencia de ciertos conocimientos y el carácter gratuito de los servicios. (...) Así se cierra un círculo vicioso donde las mujeres ocupan trabajos de menor jerarquía y los oficios o profesiones pierden jerarquía cuando predominan en ellos las mujeres. (...) Las mujeres que eran llamadas a desempeñarlo debían tener una formación cultural. Así se combinaban socialmente dos facetas, quienes estaban en condiciones de hacer un trabajo sin recibir pago alguno eran las mujeres de las clases acomodadas, que eran quienes habían recibido alguna formación humanística, a diferencia de los hombres bibliotecarios, que se autoseleccionaron por inclinación a la actividad intelectual, o como consecuencia natural de una formación literaria o científica (muchas veces autodidacta). (...) Estas "señoritas" no llegaron a las bibliotecas para cumplir un rol social sino cultural; son portadoras de "valores" y de "una sólida cultura", es decir garantes del "orden social" y de las "buenas costumbres". (...) La imagen de esta mujer sumó a los atributos físicos adaptados a su sexo el temperamento agrio, la ropa anticuada, el peinado rígido, los lentes, la actitud agresiva y la habilidad para crear obstáculos e impedimentos a los lectores en nombre de un reglamento o de una misión irrenunciable." (Roggau, 2006). Es decir, que la mujer nunca ha sido considerada un elemento productivo en el engranaje laboral y productivo (como sí lo son los hombres), sino que en su incorporación al mercado laboral, en este caso el de las bibliotecas, arrastró los roles que ya tenía en el ámbito doméstico. Y de los cuáles hasta fecha de hoy todavía no se ha podido librar. Por otro lado, también es interesante reseñar la experiencia de las bibliotecas de la Mancomunidad de Cataluña a principios del siglo XX, ya que en sus fundamentos estaba la incorporación de bibliotecarias en las nuevas bibliotecas diseñadas. Según Eugeni d'Ors, el ideólogo del proyecto: "El personal tenía que ser femenino, por una cuestión de costes y para asegurar (...) que fuese de primera categoría y bien elegido. También argumentaba que la tarea educativa y de misión que tenían que tener las bibliotecas encajaba mejor con la idiosincracia femenina. Asimismo, era una cuestión de estética, ya que el personal femenino reafirmaría 'el carácter atractivo, amable, limpio y coqueto que queremos dar a nuestras instalaciones' (...) Tenía que tener una preparación especial que no fuese tan sólo técnica, sino también 'de humanidades en general, de cultura superior, de espiritualidad elevada' (...) La concepción de todo el proyecto era moderna y modélica para su tiempo, sobretodo en este apartado de la formación del personal, en el cual hasta se preveía la formación continua. Y si bien los argumentos a favor de una escuela femenina hoy en día no serían políticamente correctos, el proyecto daba una salida laboral y, consiguientemente, una cierta independencia a las chicas de la clase media, sobretodo de familias intelectuales, que serían las alumnas del centro" (Estivill Rius, 2006). Sin duda, son palabras con una fuerte carga patriarcal, producto de la época (claro está) pero que esconden un evidente sesgo de género, mezclado también con algo de costes económicos (a las mujeres se les podía pagar menos). Además, como bien apunta Estivill, tan sólo las mujeres de clase media y que provenían de familias intelectuales acomodadas podían acceder a trabajo, con lo que se acentuaba más la brecha de género, esta vez entre las propias mujeres. Tan sólo una élite de mujeres tuvo acceso a trabajar en las bibliotecas (y a costearse la formación), y pese a eso, esta élite intelectual no pudo superar la condición de profesión secundaria, seguramente porqué la concepción misma del proyecto ya partía de una visión social patriarcal.

No obstante esta rápida reflexión, creo que también es justo mencionar y dejar claro que el éxito de la profesión (por lo menos en determinados ámbitos) ha sido fruto del trabajo constante y excelente de muchas, muchísimas mujeres bibliotecarias que aportan su trabajo y su visión del mundo a esta profesión y que la hacen más amable y mejor. La duda que tengo es si este éxito ha sido capaz de trascender nuestros límites estrictamente profesionales y endogámicos para pasar a un plano de influencia real, de poder efectivo y de think tank capaz de hacer cambiar de forma quizás disruptiva nuestro mundo. Y mal que me pese, por mucho que lo intentemos creo que no pasamos de lo primero. Lo que me preocuparía y me indignaría profundamente sería constatar que este techo de cristal de la profesión fuese consecuencia de ser visto ya de forma permanente como un mundo de mujeres.

El papel de los hombres en una profesión de mujeres

Y para terminar, quisiera hacer algunas preguntas en voz alta sobre qué rol y qué papel jugamos los hombres en todo esto. ¿Somos menos hombres por tener una profesión de mujeres? ¿Nos limitamos en nuestra carrera profesional por elegir esta profesión? ¿Jugamos el mismo papel que juegan las mujeres en otras profesiones? ¿Reproducimos sus mismos roles? ¿Nos consideramos menos que otras profesiones en las que los hombres pueden obtener más prestigio y reconocimiento social? Sin duda, no tengo la respuesta a ninguna de estas preguntas, y creo que cada uno de nosotros pensará y opinará de forma diferente (es bueno que así sea y confío que muchos nos habremos hecho estas y otras preguntas). Lo que si pienso sinceramente es que a la profesión le iría muy bien que los hombres bibliotecarios diéramos un paso adelante, nos posicionáramos junto a nuestras colegas, y empezáramos asumir mayores responsabilidades dentro de la estructura organizativa, funcional y asociativa de toda nuestra profesión. Es una anomalía en toda regla, por ejemplo, que en 32 años de existencia del COBDC tan sólo haya habido dos presidentes hombres. Percibo, por desgracia, que los hombres bibliotecarios aún nos escondemos y que no damos la cara lo suficiente. Creo que es indispensable que aportemos nuestra forma de ver y entender la profesión; sin complejos.

Conclusiones

Hay que tener en cuenta, para terminar, que "la profesión esté feminizada nos perjudica (...). La opinión pública cree que no es un trabajo de gran categoria, y los sueldos son más bajos. Se cree que el trabajo de las bibliotecarias forma parte del conjunto de las tareas que se caracterizan por "tener cuidado de" la gente (como las madres) y por tanto se ven como inatas para las mujeres"(L'estereotip de la bibliotecària..., 2015). Más allá de nuestro género particular, como profesión y colectivo, ¿podemos sostener durante muchos años más esta visión tan negativa que se tiene de nosotros? Creo que no; personalmente noto una cierta involución en términos de igualdad que me parece realmente preocupante. Aunque también sé y confío plenamente, por otro lado, en que el colectivo continuará trabajando en el buen sentido: de esta forma, "la mejor manera de combatir los efectos negativos de los estereotipos sobre los bibliotecarios es trabajar por una justicia social de los grupos discriminados. Es más, si intentamos crear un imaginario alternativo para sustituir los estereotipos negativos, los efectos serán contraproducentes. (...) La percepción social de la profesión cambiará, y si queremos influir activamente en este cambio, no tenemos que esforzarnos en parecer más simpáticos, sino en trabajar con imparcialidad y equidad para todos" (L'estereotip de la bibliotecària..., 2015). El cambio generacional, el inevitable recambio de profesionales, hará el resto.

Bibliografía